Los caminos del deseo

Los seres vivos somos unos cabezotas, y además bastante inteligentes. ¿Habéis probado alguna vez de darle la vuelta a una planta de interior? Al cabo de unos días (incluso unas horas para algunas), la planta habrá cambiado su inclinación de nuevo hacia la luz. Siempre, incansablemente. Por más vueltas que le des, no se da por vencida.

Esta misma cabezonería es la que da origen a los caminos del deseo, también llamados caminos sociales o caminos de elefante. Aparecen en el césped, en la nieve, en la maleza de los bosques, a causa del paso repetido de animales (incluyendo humanos). Bichos testarudos que han decidido que quieren pasar por ahí, aunque esté “prohibido”.

Seguro que los habéis visto. Caminos de tierra que atajan curvas absurdas, o que forman un recorrido mucho más cómodo que el camino marcado.

Los caminos del deseo (desire paths en inglés) no se generan por capricho, o por el mero placer de saltarse las normas. Son la prueba de que la lógica colectiva y el sentido común a veces pesan más que la obediencia (…y me atrevo a añadir: ¿Cuántas expresiones de sensatez colectiva son etiquetadas como “actos de desobediencia” hoy en día?). Si el número de gente que ha decidido pasar por ahí es suficiente como para erosionar el terreno, seguro que hay un motivo de peso.

Camino del deseo en el césped
By Kyknoord from Cape Town, South Africa (The path is never straight) [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)%5D, via Wikimedia Commons
Manuela Sanoja decía en La Vanguardia que el comportamiento natural de los humanos desafía el mal diseño de las ciudades, y que los caminos del deseo son una especie de acto de rebeldía contra un espacio ideado por el hombre, pero no para él.

¿Para quién estan diseñadas las ciudades, entonces? ¿A quién se le reserva el derecho de circular de forma acorde a sus necesidades e impulsos naturales? Hay quien dice que el ser supremo e indiscutible vencedor en la planificación urbana es el tráfico rodado, pero yo no estoy del todo de acuerdo. Es cierto que los caminos del deseo se forman (aunque no sean visibles) en el asfalto de las ciudades. Existen, por ejemplo, esquinas por donde todo el mundo cruza aunque no haya paso de cebra. Pero también aparecen en parques y plazas, sitios donde los motores tienen prohibida la entrada.

En mi opinión, la urbanística contemporánea (como tantas otras cosas) tiene un sentido de la belleza apartado de la realidad cotidiana. Intentan hacernos andar por sitios estéticamente perfectos, totalmente lógicos… pero completamente erróneos.

¿Y si en realidad fuera al revés? ¿Y si en realidad es el diseño de las ciudades el que desafía nuestra naturaleza? Visto así, la idea de que los caminos del deseo no son actos de rebeldía, sino de sensatez colectiva gana un poco de peso.

Imagínate tu ciudad. Imagina todos esos recorridos rutinarios que haces día a día, sin pensar. Si pudieras elegir, si en lugar de calles y semáforos tuvieras un lienzo en blanco, ¿por dónde te gustaría pasar? Éste artículo dice que la mejor forma de planificar un camino es, precisamente, no hacerlo. Dejar que sean los peatones los que marquen las rutas mediante el desgaste del terreno.

Quizás en la mayoría de casos ya es tarde para eso, pero siempre podemos partir de lo que tenemos, y ponerle un poco de alma. Parece ser que hay una escuela de urbanistas que defiende el respeto por estos caminos, y que hay ciudades como Copenhaguen o Rotterdam que los están usando para replantear el diseño de algunos espacios públicos.

La próxima vez que pises el césped y alguien te tache de incívico, quizás puedes explicarle que estás abriendo un nuevo camino del deseo…

Camino del deseo
By iwa4 from Miyagi, Japan. [CC BY 2.1 jp (http://creativecommons.org/licenses/by/2.1/jp/deed.en)%5D, via Wikimedia Commons
Fuentes (a parte de las ya mencionadas): Blog de Clemente Bernard, Arte Sostenible, Interartive, Wikipedia, Yorokobu.

 

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Un comentario en “Los caminos del deseo

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